28.10.08

· Infinita Yo

Todo pierde sentido en la perfección de su existencia. El infinito para mí es el punto donde lo real y lo irreal confluyen. Escucho gritos a lo lejos, quizá dentro de mi cajón donde guardo dientes que ya se me cayeron; escucho cómo gime mi abuela mientras un sueño se la coge y la hace gozar. También veo tu nariz que sangra tempestades absurdas, y vos buscás darle un sentido a todo pero yo no te creo nunca te creo. El grito es el punto fino, donde nadie te escucha y te dan vuelta la cara: te dicen “buscame piojos en la cabeza”. Y si no quiero escarbar en tu enjambre de cabellos de virulana? Y si detesto que sientas mi respiración tibia en la nuca? Y qué tal si no quiero que mis dedos se unan con vos en algún punto y que éste se convierta en la infinita pasión que me condene a lamerte los pies cada mañana? Y si mi poder de adaptación y carácter camaleónico hacen que todos me admiren? Y si tengo miedo, miedo y más miedo de que me descubras y en mis ojos te veas? La transparencia es aterradora: está hecha para no mostrarse, para estar oculta en cada persona que me mira. Yo elijo ser invisible a tus ojos. Y a los míos. Aunque el miedo es peor. Te ves tan mal sudado, me das asco y me resbalo en tu piel. Sos un tobogán de falsas ilusiones y de promesas bien formuladas. Qué lejos están todos de mí! Qué lejos me siento.
Me duele, justo acá, entre las cejas. Me duele de pensar tanto en mí y sólo en mí. Se me lastiman los huesos gastados de hacer verticales intentado ver el mundo al revés, buscándole la contrariedad a las cosas, lo insensato. Se cansan los músculos y se me agota el corazón que siente con tanta intensidad. ¿Y cómo se hace para no vivir así? Si la vida es un 50 y un 50. Todo puede ser en la misma medida que no. Y es ahí donde se refugia la confusión que promete perdurar por los siglos de los siglos: puede que sí como puede que no, es posible como imposible, es tan lindo como feo, tan fácil como difícil. ¿Quién me asegura las cosas a mí? ¿O acaso tengo que confiar en mi sombra? Tal vez existen preguntas que intentan no ser respondidas jamás. Pero entonces repito, ¿en quién confiar? En vos? En el Papa? O en Alá? Todo vuelve al mismo lugar: los libros al estante, mi ropa al placard, mi boca a tu boca y tus ojos a mi espalda.
Corré, seguí corriendo y alejate de acá, de este punto donde me poso y te espero. Me gusta esperarte, y quisiera esperarte toda la vida. Y que nunca llegues. Y que nunca sepas si fui real o infinita.

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